Benzema vale lo que el Chelsea

Todo fue lo que parecía. El Chelsea, un hueso. El Madrid, Benzema y diez más. La Champions, un mal sitio para meter la pata. Makkelie, un árbitro al servicio de sí mismo y no de quien le puso en Valdebebas. Y la eliminatoria, un thriller que se resolverá en Londres. La gran virtud del Madrid en esta competición que fundó y que explica sus trece copas radica tanto en su capacidad para aprovechar el viento de cola como para sortear tempestades. Una se le vino encima en la primera mitad y salió vivo de ella. Y luego restableció un equilibrio que espera romper en Stamford Bridge. Le costará.

Atendiendo a la estadística reciente de los dos terraplanistas (uno, el Chelsea, arrepentido como Galileo; otro, el Madrid, persistente) se anunciaba el desfile de una columna de blindados. Atendiendo a las alineaciones, también. Zidane se fue a los tres centrales, que ahora es mal menor por varias razones. La principal, que el séquito de Benzema en ataque está muy lejos de aquellos tiempos de la BBC, un bombardero que no miraba a retaguardia y que justificaba de sobra esa juerga loca del 4-3-3. Pero es que además a Zidane, aunque tarde, se le ha aparecido el banquillo con el renacimiento de Nacho y Militao (excelente otra vez), más Marcelo, que con la red de un central de más aún tiene recorrido y el plus de la experiencia en una competición que él y el Madrid traducen como nadie.

Tuchel tampoco tocó nada. Le ha ido bien con ese 3-4-2-1 que amuralla al equipo por el centro con Kanté y Jorginho, un cerrojo de doble vuelta, y sin su fichaje estrella, Havertz, que aún debe coger ese punto canalla que tiene la Premier. El partido, en cualquier caso, tuvo más marcha de la prevista. El furgón blindado pasó de largo.

La manada azul

El Chelsea es un equipo de enorme exuberancia física para el que cualquier zona del campo es aprovechable. Con y sin balón. Más incluso sin balón. Así que, presumiendo de vigor extremo, se fue a buscar al Madrid allá donde estuviese. A por los centrales, a por los laterales, a por Casemiro, a por los constructores. Aquella manada azul resultó un verdadero incordio para el equipo de Zidane. Más con un árbitro, Makkelie, muy permisivo con los contacto.

El Chelsea de Tuchel es un experto en penalizar la pérdida ajena. Pudo hacerlo pronto, en una llegada de Mount, con dejada de Pulisic de cabeza y remate de Werner a tres metros de la línea de gol. Courtois sacó un pie por reflejos y evitó un gol seguro. Aquello no acabó con el dominio del Chelsea, un equipo de extraordinaria agresividad y un ritmo muy superior al de este Madrid exhausto. Así que antes del cuarto de hora repetiría. Pulisic encontró la espalda de los centrales en un envío de Rüdiger, sorteó con paciencia a Courtois y marcó entre los centrales del Madrid, que esperaban sobre la línea lo inevitable. El equipo de Zidane defendió mal la acción de principio a fin.

Pulisic se prepara para batir a Courtois.

Sólo pareció vulnerable el Chelsea a la velocidad atropellada de Vinicius, poco aprovechada, y al duende de Benzema, que ha aprendido, a la fuerza, a vivir en soledad. Sin más ayuda que la de su ingenio se inventó un zurdazo al palo para proclamar que el Madrid existía. Mientras, a Modric, Casemiro y Kroos el partido les pasaba por encima. Su motor no estaba al alcance del correcaminos Kanté, de Jorginho o del diabólico Mount, un cuchillo con espacio por delante.

Y en este escenario de máxima adversidad empató el Madrid. Un centro de Marcelo pasó por las cabezas de Casemiro y Militao hasta llegar a Benzema, que salió del trance con dos acrobacias: un control de testa y una volea tremenda. Era un jugador contra el mundo. El gol del francés y la lluvia incesante le bajaron la temperatura al Chelsea hasta el descanso sobre un césped de cristal.

Con esta volea batió Benzema a Mendy.

La igualdad

El inicio de la segunda mitad estuvo más cerca de los pronósticos. El Madrid encogió la distancia entre líneas y pareció protegerse mejor, y el Chelsea ya no encontró tantas puertas por donde colarse. Quedó la impresión de que uno y otro concluyeron que la batalla va a ser larga y que cualquier riesgo de más es innecesario. Un partido con menos ruido jugaba a favor del que tenía menos ritmo, claramente el Madrid.

En ese periodo de encalmada pintaba poco Vinicius y Zidane se echó en brazos de Hazard, ese convaleciente eterno que hace casi dos años llegó para patronear al equipo. Tuchel, consciente de que el partido ya sonaba a bolero, cambió a un futbolista por línea sin más pretensión que volver a poner en marcha aquel motor de gran cubicaje. Esa situación de equilibrio ya le parecía un éxito al Madrid, consciente de que en la primera parte se había visto desbordado.

A un cuarto de hora del final, los laterales del Madrid sacaron bandera blanca y a Zidane, que ya no tenía más, no le quedó otra que colocar a Asensio como carrilero zurdo. Los cambios revitalizaron al Madrid con algunos detalles esperanzadores de Hazard. Quizá por ahí, por el lado más inesperado, esté su billete a Estambul.

Benzema trae luz al Madrid

Valga el chiste fácil: Liga a falta de Superliga. En eso sigue el Madrid, que pende de un hilo por su desventaja y por la merma evidente de su plantilla, pero que va cargado de plutonio: Benzema, un jugador bueno y bonito a partes iguales. En el Carranza dejó dos goles, una asistencia y esa capacidad para apretar el botón nuclear que tenía Cristiano, independientemente de si el equipo mandaba o sufía. En el Carranza el Madrid mandó mucho y se acostó líder. El Cádiz, que era granito, se evaporó con un soplido.

Hace tiempo que, por un coronavirus de más, un psoas maltrecho o un sóleo traidor, las alineaciones del Madrid son un Frankenstein. Lo fue la de Getafe, con cinco mediapuntas y ningún mediocentro, producto de que los presidentes se enamoran de los primeros hasta convertirlos en una especie invasora en las plantillas y recelan de gastar dinero en los segundos. Y lo fue la de Cádiz, con un envase innovador. Un 3-4-3 explicable. Zidane no va ni a la esquina con Odriozola y Marcelo, laterales con mucha ida y poca vuelta, sin la escolta de tres centrales. Esta vez los tenía y los puso. Y dobló el eje con el canterano Blanco para darse el gusto de jugar con extremos. Multiplicar las bandas es medicina tradicional para defensas cerradas. Pero lo que realmente cambió al Madrid del Coliseum al Carranza fue Benzema, que es una caja registradora. Ahora mismo se siente capaz de todo, solo o acompañado.

El Cádiz, en cambio, es un equipo de responder antes que proponer. Ahí no cabe el carnaval. De hecho, Álvaro Cervera no se oculta como apóstol del otro fútbol, que en esto la verdad está muy repartida. Confiesa que es por necesidad, pero no reniega de ello. Y le ha ido bien. Tomó al Cádiz en Segunda B, le dieron tiempo, lo ascendió el pasado verano, lo tiene casi salvado y ha resultado muy poco masticable para los grandes. Esta vez compareció muy demacrado. Cometió un penalti prescindible y se deshizo después ante ese Madrid recompuesto que le atropelló sin pasar de tercera.

Un penalti de punto final

El partido comenzó muy al gusto del Cádiz, lejos de las áreas, repleto de minutos intrascendentes y con Negredo en el centro de la escena. Aún tiene muchos registros: el juego de espaldas, el toque para encontrar las bandas, un buen desborde en corto. Tuvo color amarillo lo primero con apariencia de vistoso: un remate demasiado cruzado de Jonsson y otro sin potencia de Jairo. Pan comido para Courtois. Hasta en posesión se puso el Cádiz a la altura de un Madrid sin Kroos ni Modric, las neuronas del equipo. Quizá el partido pedía a Isco, pero sigue en riesgo de exclusión, enmohecido por falta de minutos. Y a pesar de salir con cinco brasileños, el equipo de Zidane fantaseó muy poco de salida.

El Madrid compareció antes en el VAR que frente a Ledesma. Aún andaba Rodrygo quejándose de un agarroncín (jugada gris tirando a blanca) de Jairo cuando Iza Carcelén pisó a Vinicius tan involuntaria como claramente en el área. Se le fue a Mateu pero no a De Burgos, en su burbuja, y Benzema decidió la suerte del partido. No sólo por transformar el penalti, el primero que le pitan al Madrid desde octubre (el famoso de Lenglet a Ramos en el Camp Nou), sino porque seis minutos más tarde, en su faceta de cantautor, sacó un gran pase al segundo palo que cabeceó Odriozola a la red a dos metros de puerta. Su sitio está claramente al otro lado de la frontera. Y el francés remató la faena de cabeza, otro de los instrumentos que toca, a centro de Casemiro, antes del descanso. Antes era violín. Ahora, violín y tambor.

Polifacético Casemiro

Como tantas veces, al Madrid le llegó el gol antes que las musas, auxiliado por la torpeza del Cádiz en la salida de la pelota. Y hasta los tantos, sus mejores jugadores estaban al otro lado del campo: Nacho, en su habitual papel de central impecable; Blanco, que puede ser uno de esos canteranos que hacen plantilla en un puesto donde cuesta fichar, y Casemiro, el espalda plateada cuando no está Ramos. Doctorado como mediocentro, oposita como mediapunta.

La mitad que restaba resultó muy poco emocional. Álvaro Cervera cambió a cuatro en el descanso. Debieron parecerle pocos. Volantazos así son una bronca de obra y no de palabra: Fali de mediocentro, dos puntas, un lateral derecho (Akapo) más activo. Una reforma total para salvar el honor. Los puntos ya eran un imposible. Y el Madrid dejó de jugar contra el Cádiz para hacerlo contra Betis y Chelsea. Volvió Carvajal, que sólo ha jugado tres partidos en 2021 y que forma parte de la guardia personal del francés, y Asensio e Isco refrescaron el equipo. Benzema se quedó aún un ratito más porque se estaba dando un gustazo que Zidane no quiso interrumpir, aunque la prudencia aconsejaba otra cosa.

El final fue plomizo. Zidane probó a Miguel Gutiérrez por si se extiende la plaga y Mariano dejó una gran maniobra y un mal remate en una jugada previamente anulada por fuera de juego. En cambio, Blanco aprovechó hasta el hueso su partido. Ahí el Madrid está tieso, se abre un hueco y el canterano se lanzó de cabeza a por él.

Resistir también es ganar

El Real Madrid, que tiene el acta fundacional de la Champions, conoce mejor que nadie las mil maneras de llevarla hasta su museo. Por eso tiene trece. En Anfield adoptó el modo supervivencia, con algún mal rato pero sin verse sometido a un agobio feroz. No hay gran trofeo que no obligue a pasar en algún momento por cuidados intensivos. Esta vez el Madrid jugó con el tiempo, la ansiedad de un Liverpool venido a menos, la confianza de quien conoce el oficio y dos centrales que no parecieron suplentes. Y, así, sin la solemnidad de otros tiempos, se ve de nuevo en semifinales, un territorio que hace tres meses le parecía Marte.

Visto el once, cabe deducir que Zidane no le tuvo miedo a Anfield, o al esqueleto de Anfield, por ser exactos, pero sí a Odriozola. Hace tiempo que el Madrid tiene dos plantillas: una formal, amplia, en la que están todos los que cobran, y otra real, corta, a la que el técnico confía su vida (o las vidas de cien gatos, que son las que ha consumido en cinco años). Odriozola, al que le cuesta fingir que es un extremo mal reconvertido, sólo figura en la primera. Sus 47 minutos en dos meses con el lateral derecho titular lesionado son prueba irrefutable. Y como Zidane entendió que con la defensa propia y la ajena deshechas era mejor devolver goles que evitarlos mantuvo su tridente y le cambió el registro a Valverde al ponerle de insólito lateral derecho. Jugadores con sus pulmones lo admiten casi todo. Hasta plantarse en la cara de Mané, que conoció tiempos mejores.

Klopp, al que no le gustaron de Madrid ni Valdebebas ni el árbitro (y si le dan un minuto más de micrófono dispara al Retiro y al Museo del Prado), estuvo en las mismas. Insistió en los poco fiables centrales interinos para mantener a Fabinho en el corazón del equipo y entendió que la competición exige oficio (bien lo sabe el Madrid), el de Milner y Firmino, dos boinas verdes.

La carga ‘red’

El Liverpool es un equipo sin preámbulos, que ordena la carga de la caballería desde la secuencia de apertura hasta los títulos de crédito. Y traía en la cabeza el manual de la remontada: la primera entrada (brutal, de Milner a Benzema), el primer disparo (a quemarropa, de Salah, a los pies de Courtois), el primer córner…

Al Madrid le costó muletear esa primera embestida. Courtois le sacó un segundo gran remate a Milner y Mané, jugador relámpago, le dio un mal estreno a Valverde. Fue hasta que los centrocampistas blancos, el mejor activo del equipo, salieron a escena y aplacaron el temporal con posesiones largas, que tienen un efecto refrigerante. Pero le costó ir más allá, amenazar, probar a Alisson, asustar a los centrales de Klopp. Fue un manoseo de la pelota sin darle una preocupación al Liverpool hasta la irrupción de Benzema, que con el único auxilio de su ciencia fue inventando recortes en el área hasta estrellar su disparo en el palo. El francés se siente capaz de todo. Fue la primera vez que el Madrid dejó de mirar el reloj para mirar a Alisson.

El Liverpool, sin la pelota, perdió el factor sorpresa, más allá del revoloteo permanente de Salah, su único volcán verdaderamente activo, y de esa facilidad para penalizar las pérdidas del rival. Ese punto, mitad estratégico mitad emocional, fue la gran aportación de Klopp para el despegue de un equipo con un largo declive en la mochila. En el juego posicional, sin embargo, es menos ocurrente.

Con todo, camino del descanso, retomó el estruendo de los primeros minutos, pisó el área y tuvo dos buenas ocasiones, erradas por Salah y Wijnaldum. El Madrid, en esa primera parte estuvo sobresaliente en temple y cerca del suspenso en las llegadas, que resultan siempre disuasorias cuando el enemigo aprieta. Así que se vio moderadamente aculado en la portería de Courtois.

La resistencia

Ese progresivo cautiverio del Madrid se acentuó a la vuelta de vestuario, cuando el Liverpool le metió más nervio a su presión. En tres minutos, Firmino tuvo dos buenas opciones dentro del área. Courtois le tapó un primer disparo y metió después mal la cabeza a un centro desde la derecha. Echó de menos en esa acometida el rugido de Anfield, una grada que hasta remata córners.

Cuando amainó por segunda vez, Klopp buscó la agitación en el banquillo. Thiago, para mejorar el riego; Diogo Jota por un central para acobardar al Madrid, con Fabinho en el eje de la zaga. A Zidane no le quedaba demasiado para responder y mantuvo a su fatigado once, que sólo había amenazado con una llegada de Mendy, cuyo centro, en medio de una marea roja, no llegó a un Benzema que ya se relamía, y con un esprint que ganó Vinicius, al que un control largo de cabeza le dejó sin opciones para la vaselina sobre Alisson.

El Madrid se excedía en su contención y a menudo se vio en un lío con esa defensa de acumulación casi en área propia. Corría el equipo de Zidane el riesgo de verse abatido por una bala perdida. De dos le salvó Militao, otra vez impecable, como Nacho.

El técnico francés vio otra vez al equipo al límite. Kroos sacó bandera blanca y no le quedó ya otro remedio que meter a Odriozola. También se marchó Vinicius, que no encontró por donde colarse.

Con todo perdido, el Liverpool ya no miró a su espalda y el Madrid tuvo hasta la victoria en un cabezazo franco de Benzema, que pifió al picarlo, pero el partido se quedó a cero. El número perfecto para un Madrid levantado de atrás hacia adelante. Empezando por el mejor Courtois y acabando por Zidane, al que el tiempo convertirá en eterno.

Mbappé, más difícil todavía

El gordo de Navidad llegaba a la Europa futbolística el día 24, cuando trascendió la noticia. El PSG despide a Tuchel después de ganar un partido por 4-0. Un movimiento calculado por la entidad francesa justo cuando está inmerso en importantes negociaciones para renovar a sus principales estrellas, entre ellas Mbappé, que tenía una relación muy turbulenta con el técnico alemán. Malo para el Madrid, pues su despido es un obstáculo claro para poder fichar a la estrella francesa el verano que viene. Ahora, todo se complica un poco…

El despido de Tuchel no sólo es un obstáculo por Mbappé, también lo es por el sucesor de Zidane cuando éste ya no esté en el banquillo. La figura de Pochettino, quien parece ser el que sustituirá al alemán, era también la elegida por Florentino Pérez para hacer la transición entre Zidane y Raúl cuando llegara el momento. Pero eso, traer a Pochettino, era una cuestión de coincidencia en el tiempo… y ya se sabía complicado.

El movimiento que no contemplaba el Madrid era el despido de Tuchel. Se considera, más aún, que ha podido ser una concesión de Leonardo y de los propietarios del PSG a la estrella francesa. La temporada pasada fue muy difícil para la relación entre la estrella y el entrenador, especialmente por dos episodios en los que el futbolista fue sustituido antes del final (ante Montpellier y Nantes) y mostró su desagrado en público“Yo soy el entrenador, esto no es tenis, un deporte individual, sino fútbol”, llegó a recriminar a la estrella el técnico. Luego, que el PSG llegara a la final de la Champions parecía haberlo arreglado todo… Pero no es así.

Leonardo incluso se vio obligado a montar una reunión con Tuchel de urgencia para limar asperezas. Lo desveló Le Parisien. Y eso indicaba lo importante que es estratégicamente Mbappé para el PSG, pues colocaba al futbolista a la misma altura que su entrenador. Ahora, es difícil pensar que el sucesor de Tuchel en el banquillo haya dado el sí sin tener la certeza de que el PSG va a pelear por su jugador franquicia.

El Madrid tiene pensado acometer su fichaje en verano que viene… será más complicado. La estrategia del club blanco estaba basada en conseguir que antes de esa fecha Mbappé no renueve. De otra manera, traerlo será casi imposible. Ahora, vuelve a tomar fuerza lo que barruntaba el jugador y su entorno hace unos meses y que fue desvelado por AS, la posibilidad de renovar, sí, pero con una cláusula proMadrid. Es decir, pactando una cantidad de antemano si el Madrid quiere ficharle en el futuro. Pero claro, sería por una cifra astronómica, más cercana a los 250 millones de euros que a los 180 por el que el Madrid estimaba que sería posible traerlo este verano.

‘Factor Vinicius’ ante el City

Si en algo es un especialista Zidane es en su habilidad para conceder a cada jugador su momento justo en el campo. Lo ha venido demostrando en las cuatro temporadas que ha entrenado al Madrid, tres de ellas completas. Y nadie ha podido cuestionar sus rotaciones. Ahora, con algo más de 15 días por delante para jugarse la Champions en la vuelta ante el City, cree el técnico francés que Vinicius tendrá un papel fundamental en la eliminatoria, ya sea saliendo como titular o como revulsivo. Su velocidad debe agitar el encuentro. La victoria es imprescindible para pasar.

El brasileño está pasando estas vacaciones con unos amigos en Ibiza, donde ha alquilado un barco buscando tranquilidad y el menor contacto posible con extraños para evitar riesgos con el coronavirus. Está siguiendo, además, al pie de la letra todas las recomendaciones de nutrición y ejercicio físico impuestas por Dupont para esta semana de vacaciones concedida por Zidane, consciente de que su momento más importante de la temporada está aún por llegar en el partido del Etihad del 7 de agosto (Movistar +, 21:00 horas). Si Hazard no llega en perfectas condiciones él tiene muchas más opciones de ser titular. Si no, muy probablemente tendrá que esperar desde el banquillo. Pero su nombre está marcado en negrita en los planes de Zidane.

Poco importa que Vinicius perdiera el paso en los últimos partidos de Liga. Ahí pareció ganarle la partida Rodrygo, que encontró la titularidad en dos encuentros consecutivos (Athletic y Alavés) en detrimento del propio Vinicius. Pero el del Flamengo, que llegó al Madrid por 45 millones de euros, conoce por boca del propio técnico que fueron decisiones tomadas por necesidades del guion y que poco tienen que ver con respecto a lo que sucederá ante el City.

Con esa ilusión descansa Vinicius en aguas de las Islas Ptiusas, consciente de que Zidane valora que es el jugador de la plantilla que más regates buenos ha hecho esta campaña (69, por delante incluso de los 63 de Hazard), y que en ese apartado sale muy beneficiado con respecto a Rodrygo (36), un jugador mucho más combinativo. Sin embargo, Rodrygo ha marcado 7 goles por los cinco de Vinicius, y los hizo con 15 remates a portería por los 39 que necesitó el del Flamengo… Pero más que su puntería, Zidane tiene en la cabeza su capacidad de desborde, en la primera parte si no está Hazard o en la segunda si el belga es titular. No en vano, ha sido el jugador 12 en minutos para Zidane esta temporada, por delante incluso de jugadores como Hazard (éste, por sus lesiones), Isco, Lucas Vázquez o el mismo Rodrygo.

16 días para el asalto del Etihad

«Ahora es el momento de relajarnos, de descansar un poco porque el tramo final ha sido un esfuerzo tremendo para todos. Vamos a descansar unos días y eso es lo que vamos a hacer. Luego tendremos unos 10 días para preparar el encuentro de vuelta». En las entrañas del estadio Municipal de Butarque, instantes después de cerrar la temporada 2019-20, Zidane trazaba su plan para afrontar el encuentro de vuelta de la máxima competición continental ante el Manchester City. El francés, orgulloso del rendimiento de sus jugadores en este tramo final de 11 partidos en algo más de un mes (10 triunfos y un empate que le han servido para levantar su Liga número 34), sabe que sus jugadores necesitan un descanso antes de volver a calzarse las botas. Por ese motivo les ha dado una semana de descanso: «¡Ojo, no son vacaciones!», explicaba en la sala de prensa del estadio leganense. Algunos ya aprovecharon ayer para marcharse de Madrid.

La idea es que los jugadores vuelvan a Valdebebas el próximo lunes, para comenzar a preparar el encuentro ante el conjunto citizen. Para lograr el triunfo (no le sirve otro resultado) en Mánchester, Zidane cuenta con tres dudas y una baja importantísima, confirmada, la de Sergio Ramos, expulsado en el encuentro de ida. Las dos primeras dudas son de carácter táctico: la primera radica en saber si alinea a Marcelo (se está recuperando de una lesión muscular en el aductor izquierdo) o a Mendy en el puesto de lateral izquierdo. Curiosamente, si apuesta por el francés, repetiría la zaga con la que el Madrid debutó en Champions esta temporada ante el PSG (Carvajal-Varane-Militao-Mendy). Pero con una salvedad, Mendy se ha soltado ofensivamente en este último tramo liguero, mientras que Marcelo aporta su veteranía y experiencia en este tipo de partidos.

La segunda es también otra decisión táctica: si apuesta por la presencia de Isco (jugaría con cuatro centrocampistas) o por la presencia de Asensio. En el caso de que apostase por el balear, éste jugaría entrando por la banda derecha, para aprovechar sus diagonales y crear de esa manera peligro.

La tercera incógnita es física y afecta a Hazard y a cómo va a llegar el belga a la cita europea: Eden ha mostrado detalles en lo que se ha jugado de temporada, pero le falta cuajar una actuación sólida y completa en un partido de alcurnia. Zidane explicó su estado en Leganés: «Vamos a cuidarle entre todos, sobre todo los fisios. Ha tenido molestias últimamente cuando ha jugado. Ojalá que con este tiempo que tenemos hasta el partido se recupere totalmente para afrontar la Champions». Por que Zizou lo tiene claro: «¡Cómo no voy a pensar que podemos remontar contra el City! Vamos a pelear el pase hasta el último segundo».

Hasta el momento, Zidane ha disputado nueve eliminatorias europeas, superando todas. De esos nueve partidos disputados lejos del Bernabéu, sus datos son formidables: suma seis triunfos (entre ellos ganó en Roma, París, Nápoles y Múnich) y dos derrotas. También empató otro: (0-0) ante el City en el Etihad…

Medio alirón pidiendo la hora

En el informe forense de esta Liga constará la importancia de la ruta 66 del Madrid: Courtois, Ramos, Casemiro y Benzema. Cuatro lugares de paso obligado, más la compañía de un coro numeroso, para llegar hasta el título. Pero será, sobre todo, la Liga de Zidane, que casi con el mismo grupo que se despeñó el año pasado (Hazard y Militao han pasado de puntillas y Mendy ha sido intermitente) ha sabido mantener el ritmo en esta carrera de fondo que ha durado cinco estaciones (es la primera Liga con dos veranos). Al Granada lo despachó con un partido serio en la primera mitad y pasando las de Caín en la segunda.

El encargo de echarle la persiana a la Liga le cayó a ese Madrid multimedia que Zidane se inventó en la Supercopa frente al Valencia con éxito de crítica, público y marcador. Ese partido, con los mismos cinco centrocampistas que los que alineó en Los Cármenes, prácticamente todos los disponibles (James ha pedido virtualmente la cuenta), y Jovic fue la obra cumbre de un equipo que, contrariamente a su costumbre, ha sido más roca que martillo. Luego lo repitió en dos derbis ante el Atlético, uno también en Arabia y otro en el Bernabéu, con una pérdida de fulgor apreciable. El plan era el abordaje de la pelota ante un adversario vigoroso y también un golpe suave de timón a un equipo visiblemente más contento con sus resultados que con su juego. Esta vez Valverde comenzó como interior y Modric vencido a la banda derecha.

También creyó Zidane que mejoraría las posibilidades de su equipo por dentro frente a este Granada elástico y abierto que defiende con cinco y le da dos papeles a Foulquier: lateral sin la pelota, viceextremo con ella. No fue ni lo uno ni lo otro. En seis minutos el Madrid aprovechó ese sí pero no del francés para hacer dos goles por su parcela que dieron medio carpetazo al partido y quizá a LaLiga.

En esa espesura andaba el choque cuando Mendy, uno de los dos jugadores de campo que aún no había marcado en el Madrid, se sacó un gol de la chistera. Merodeó en el vértice del área, buscó un apoyo que no existía y entonces lo apostó todo a un esprint imposible que Víctor Díaz se tragó. Casi sin ángulo metió un zapatazo brutal por el palo de Rui Silva. Un gol de esos que siempre dejan mal al portero, pero también el reconocimiento al buen ojo de Zidane con un lateral sobrado de caballos.

Mendy celebró así su gol.

Y de inmediato, por esa puerta abierta de par en par, se coló Benzema para llegar al mismo sitio por distinto camino: recorte hacia dentro y remate colocado con la derecha. Definitivamente es el jugador de esta Liga, la filarmónica del Madrid, el sexto centrocampista, el primer delantero y en los córners ajenos el quinto defensa, la versión blanca y silenciosa de Messi. Nada que ver con aquel mayordomo inconstante que durante tantos años sirvió a Cristiano Ronaldo.

Con el partido ajardinado por sus franceses, el Madrid se sintió reconfortado con ese juego de máximo control que le dictaba su alineación y hasta su conciencia. El territorio Isco. Un fútbol de poco riesgo y poco desgaste, muy útil en este rompepiernas en que se decide todo.

La reacción del equipo milagro

El Granada tiró de lo mejor de su repertorio, el juego aéreo. Once goles de cabeza, más que nadie en el campeonato, había marcado. Domingos Duarte pudo firmar el duodécimo, pero se lo sacó Courtois, otro de los caudillos de esta Liga. Fue un paréntesis en ese dominio sereno del Madrid, que al descanso pudo rematar la faena con otro remate del multidisciplinar Benzema rechazado por Rui Silva y en otro de Isco que tropezó en la zaga granadina.

Sin embargo, un error de Casemiro ante Carlos Fernández bien aprovechado por Machís devolvió al partido al equipo de Diego Martínez. Ahí asomó al energía y el entusiasmo de un grupo que está en máximos históricos y sufrió el Madrid. Carlos Fernández y Machís, efervescente todo el partido, rozaron el empate.

Zidane entendió que la fórmula inicial se había agotado y cambió el paso con dos extremos, Rodrygo y Asensio, los más potables de los últimos partidos. El Granada se había quedado ya sin lateral derecho, por la lesión de Foulquier, y había improvisado ahí con Azeez, un mediocentro, pero siguió empujando, por tierra y aire. Fueron los minutos más descoloridos del Madrid en esta pospandemia. Courtois salvó un remate de Antoñín y Sergio Ramos, casi sobre la línea, otro de Azeez. El equipo de Zidane, agobiado como nunca en los últimos meses, acabó llegando a tierra. La tierra prometida. La Liga.

Zidane echa el candado

Los ataques lucen, pero son las defensas las que dan los títulos. Ese axioma, tradicional en la NBA y el fútbol americano, se puede aplicar al Real Madrid y a esta Liga. Zidane le está echando el lazo al campeonato a base de tener el sistema defensivo más eficaz. Ese Madrid que casi miraba con pasividad los goles encajados porque pensaba ganar por aplastamiento es cosa del pasado. Un dato lo dice todo: este Real Madrid 2019-20 deja su portería a cero en la mitad de las jornadas que juega. De las treinta y dos disputadas dejó al rival sin marcar en dieciséis. Cerrojazo.

Un sistema basado en un diamante defensivo. Courtois, por delante Ramos y Varane, y por delante de esos tres, el tapón supremo, Casemiro. A eso se le añaden laterales en un gran estado de forma como Carvajal (evitó un susto en el RCDE Stadium sacándole un gol a Darder) y Mendy. Lo de Case se puede apreciar estadísticamente. Es el que combina más entradas (89) y despejes de cabeza (32) de toda la Liga. Un frontón brasileño.

Zidane ha tenido claro que esta Liga del Coronavirus, como la definió Ramos, es como jugar un Mundial. Mucho partido en pocos días y construir, sobre todo, desde no regalar nada atrás. El plantel le ha hecho caso a pies juntillas. En ninguna de las cinco jornadas disputadas tras el parón el equipo blanco comenzó perdiendo. El Eibar sólo pudo marcar cuando el Madrid ya vencía 3-0 y la Real se metió en el partido cuando la ventaja madridista era de 0-2.

El beneficiado inmediato es Courtois
Una mejoría que trasluce en el Madrid colocando a un aspirante al Trofeo Zamora. Ése es Courtois. El Madrid está moviéndose en las cifras de aquel de la 1987-88 en el que Paco Buyo terminó alzándose con el trofeo. La puja ahora se dirime entre el belga y Jan Oblak. Está reñida. El madridista ha encajado 18 goles en 28 partidos (0,64 por encuentro) y el cancerbero rojiblanco 22 tantos en 31 encuentros (0,71). Más motivos para redoblar la protección a Thibaut.